Barbarie y civilización

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Barbarie y civilización

Una historia de la europa de nuestro tiempo

Bernard Wasserstein

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Sinopsis

Era 1919 cuando ya Anna Ajmátova expresaba que el siglo xx le parecía "peor que cualquier otro". Europa acababa de vivir la gran conmoción de la revolución rusa, el genocidio armenio y la terrible mortandad de la Primera Guerra Mundial. Poco después el siglo trajo una nueva guerra más cruel si cabe y Europa conoció de cerca bombardeos de ciudades como Guernica, Rotterdam, Coventry o Hamburgo; matanzas de inocentes en Lídice y Oradour; guerras civiles en Finlandia, Irlanda, España, Grecia o Yugoslavia; descubrió los osarios de los campos de exterminio nazis y los campos de trabajo esclavo en el Gulag. Sin olvidar las víctimas del terrorismo político de Bolonia, Madrid o Londres.

Si en toda la historia existe el esquema civilización-barbarie, en pocos períodos históricos ha estado tan presente esta "relación dialéctica", que señalara Walter Benjamin, como en la Europa de nuestro tiempo, en donde la civilización y la barbarie avanzaron codo con codo.  Un largo listado de barbaries, pero también el mismo siglo ha vivido el auge civilizador: la democracia se ha consolidado en una Europa cada vez más unida, la esperanza de vida se ha alargado considerablemente, los niveles de vida han subido de manera espectacular, el analfabetismo ha sido prácticamente erradicado y las mujeres, las minorías étnicas y los homosexuales se han acercado a una situación de respeto e integración.

Partiendo de las últimas investigaciones y de revelaciones documentales procedentes de los archivos  del Este, Bernard Wasserstein  logra captar la esencia de un siglo turbulento de la historia europea en una síntesis imprescindible para cualquier persona que desee conocer nuestro pasado más inmediato.

Datos técnicos

Colección Historia
Páginas 832
Edición 1
Formato 16 x 24 cm
Encuadernación Rústica con solapas
Código 929343
ISBN 978-84-344-6908-2
Fecha de disponibilidad 18/03/2010

Más información

CAPITULO 1

Europa en 1914

¿Qué esperamos, reunidos en el foro?
Y es que los bárbaros llegan hoy.

Esperando a los bárbaros,

C. P. Kavafis, Alejandría, 1904
Anticipaciones

Hay dos maneras posibles de ver Europa en vísperas de la guerra de 1914.
Podemos remontarnos en el tiempo y contemplar el final de un período de
existencia relativamente ordenada, pacífica y estable en lo que todavía era el
continente de mayor riqueza, producción cultural y poder político y militar del
mundo. O bien podemos mirar hacia delante y ver los primeros temblores
del conflicto social e internacional: el principio del fin del mundo eurocéntrico. Ambas visiones contienen su parte de verdad, pero la primera tiene especial relevancia: los contemporáneos podían mirar hacia atrás mucho más fácilmente que hacia delante. Si bien en 1914 los observadores perspicaces vieron
muchas cosas muy inquietantes en el mundo alrededor, la idea de progreso
seguía profundamente arraigada en su conciencia de europeos cultos y pocos
adivinaron que se encontraban al borde de un abismo.

Uno de los vaticinadores sociales más populares de esos tiempos, H. G.
Wells, en su Anticipaciones (1902), había analizado los efectos del cambio tecnológico en la distribución demográfica, la organización social y la guerra.
Predijo el desarrollo de gigantescas zonas metropolitanas que invadirían grandes extensiones de campo, la decadencia de los sistemas políticos existentes y
la mecanización de la guerra.1 En The War in the Air (1908), delineó una vívida
y profética representación de un combate aéreo que, afirmó, acabaría con la
distinción entre combatiente y civil en tiempos de guerra, reconocida por las
naciones civilizadas en los Convenios de La Haya de 1899 y 1907. En Francia,
Émile Durkheim advirtió en 1905 que si bien la guerra entre su país y Alemania
«acabaría con todo», el socialismo revolucionario representaba un peligro
mucho mayor, porque amenazaba con destruir toda organización social y crear
en su lugar, no «el sol de una nueva sociedad», sino más bien «una nueva Edad

 

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Media, un nuevo período de oscuridad».2 En Italia, en 1909, el poeta F. T. Marinetti hizo público un «Manifiesto futurista» donde defendió la beligerancia extrema: «Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el
militarismo, el patriotismo, el gesto destructor del anarquista, las bellas ideas
por las que se muere y el desprecio de la mujer. Queremos destruir los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las vilezas
oportunistas y utilitaristas».3 En Alemania, Max Weber habló en 1909 de su
horror ante la perspectiva de que «un día el mundo sólo esté lleno de esas
pequeñas ruedas en el engranaje, esos hombres aferrándose a pequeños
empleos y luchando por acceder a otros más importantes».4 Discernió la amenaza de que grupos sociales sin raíces y desplazados podían, en condiciones
democráticas modernas, hacer surgir a un César demagógico. Pero, a pesar de
tan lúgubres reflexiones, todos estos pensadores conservaron en esencia el
optimismo social, comprometidos con lo que el propio Wells después llamó «la
peculiar y necia propensión a la esperanza del siglo xix».5

Un hombre de una genialidad única para la precognición fue el escritor
que, en julio de 1914, en Praga, empezó a plasmar en papel una visión profética y angustiosa del individuo que se ve privado por misteriosas fuerzas sociales de todo control sobre su propio destino. El proceso no se publicó hasta 1925,
un año después de la muerte de Franz Kafka, pero incluso entonces estaba por
delante de sus tiempos en su estremecedora previsión del mundo de la
Gestapo y el NKVD. A ningún analista social convencional se le habría ocurrido dar semejante salto de la imaginación mediante la simple extrapolación de
la situación vigente en el verano de 1914. ¿Cómo era esa situación y por qué el
Zeitgeist europeo en vísperas de la catástrofe era básicamente optimista? ¿Lo era
realmente, o deberíamos ser más cautos al atribuir a la población en general
un estado de ánimo quizá sólo predominante entre los filósofos sociales y los
intelectuales?

Imperios y naciones-estado

En 1914 cuatro grandes imperios dominaban la mayor parte del este y el
centro de la Europa continental. El mayor, tanto en extensión como en población, era el imperio ruso, que se había expandido en el siglo xix hasta las costas del Pacífico y las fronteras de China y el subcontinente indio. Con 166
millones de habitantes, de los cuales 140 millones vivían en la Rusia europea,
la población del imperio era mayor que la de Alemania, Gran Bretaña y
Francia juntas. Más del ochenta por ciento de la población era rural y el problema del campesinado seguía siendo la «cuestión de las cuestiones» a la que
se enfrentaban el gobierno y la sociedad. Aunque, según ciertos indicadores,
Rusia era la mayor economía del continente, tenía la renta per cápita más baja
de todas las grandes potencias europeas.6 La economía era abrumadoramente
agrícola. Incluso el sector industrial estaba dominado por productos primarios
como la madera, el carbón y el petróleo. La industria manufacturera, en
empresas como las fábricas textiles de Lo´ dz´ (en la Polonia rusa) y la planta de
Putilov en San Petersburgo, dedicada a la metalurgia, la maquinaria y el arma

 

Mapa 1. Europa en 1914.
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mento, habían crecido rápidamente desde 1890, aunque partiendo de un nivel
muy bajo. El desarrollo industrial se caracterizó por una elevada participación
estatal, grandes unidades de producción y una dependencia considerable del
capital extranjero, sobre todo francés. En general, desde un punto de vista económico, social y, a ojos de muchos, político, Rusia era uno de los países más
atrasados de Europa. Su derrota en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905 había
puesto de manifiesto la vulnerabilidad de su ejército y su armada. La convulsión revolucionaria de 1905 había sacudido, sin llegar a derribarla, la autocracia zarista. Nicolás II, el zar conservador y poco imaginativo que reinaba desde
1894, permaneció en el trono. Muchas de las reformas políticas que surgieron
a partir de esa revolución fueron retiradas poco a poco una vez superada la crisis. En particular, se modificó el sistema electoral para limitar el acceso a la
Duma (la cámara baja del Parlamento) y se restringió el poder parlamentario.
El gobierno siguió siendo represivo, corrupto y hostil con las naciones súbditas, sobre todo con la amplia población judía concentrada en Polonia, Lituania
y Ucrania, donde ésta era víctima de leyes discriminatorias y pogroms periódicos. El imperio zarista era una estructura autoritaria, sin llegar a ser un estado
policial en el sentido moderno. El aparato represivo del que disponía el
gobierno era bastante reducido: en 1914, había menos de 15.000 agentes o
policías de uniforme en todo el imperio. En los años anteriores a 1914, el régimen autocrático se enfrentó al desafío planteado por los nacionalistas no rusos, en particular los polacos, y por los socialistas revolucionarios cuyos elementos más extremistas llevaban a cabo asesinatos y atentados esporádicos. La
burguesía profesional y su expresión política, el Partido Demócrata
Constitucional (Kadetes), constituían una parte mínima y poco representativa
de la sociedad y su influencia no iba mucho más allá de San Petersburgo y
Moscú. Los partidos políticos de masas, como el Partido Social Revolucionario,
cuyo apoyo procedía en gran medida del campesinado, y el Socialdemócrata,
basado sobre todo en la clase obrera urbana, pasaron a la clandestinidad.
¿Estaba Rusia en 1914 en situación de dar un salto económico que la llevara al
nivel de las principales potencias industriales? ¿O se hallaba tan dividida por
las contradicciones sociales y económicas que estaba condenada a la revolución? En 1914 ambas posibilidades eran verosímiles.

El imperio de los Habsburgo, conocido desde el Ausgleich (Compromiso)
de 1867 con Hungría como la Monarquía Dual, tuvo al frente al monarca europeo que más tiempo reinó, Francisco José, que había accedido al trono imperial en 1848. Su población, cincuenta millones de habitantes en 1914, era la
tercera mayor de Europa, después de las de Rusia y Alemania. Los Habsburgo
«formaban el único vínculo de conexión del estado», como dijo el dramaturgo Franz Grillparzer en 1830. Los eslavos y otras razas sometidas superaban en
número a los alemanes y húngaros, las dos nacionalidades «hegemónicas» del
territorio de los Habsburgo. Viena, con 2,1 millones de habitantes, era la tercera ciudad europea, después de Londres y París, y podía considerarse una de
las capitales culturales de Europa. Como unidad de libre comercio interno
protegida por elevadas barreras arancelarias, la economía austrohúngara creció a buen ritmo en el medio siglo anterior a 1914. En el período de 1904-1912,
Austria experimentó una aceleración en su desarrollo industrial que algunos

 

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historiadores interpretaron como un «despegue». Pero se dieron grandes
variaciones regionales y tanto la renta per cápita nacional como el nivel de vida
siguieron siendo bastante inferiores a los de Alemania y Francia. La administración austríaca era relativamente eficaz, reinaba cierta tolerancia social y cultural, y más o menos existía libertad de expresión y organización política. Las
principales fuentes de agitación política interna surgieron del crecimiento del
Partido Socialcristiano antisemita y del conflicto entre los nacionalistas panalemanes y los partidarios de los Habsburgo. Aunque el monarca conservó un
poder significativo, Austria-Hungría era, en cierto modo, una monarquía constitucional. Desde 1907 Austria gozaba de sufragio universal masculino. En
Hungría, en cambio, sólo se aprobó una reforma electoral limitada en 1913;
los magiares en el poder se resistieron al sufragio universal por temor a verse
desbancados en su predominio político por la población no húngara, que
constituía más de la mitad de la población total. En 1914, la mayor amenaza a
la que se enfrentaban las dos naciones en el poder era la creciente agitación
autonómica y nacionalista entre los pueblos sometidos, en particular checos,
polacos, serbios y croatas. Aun así, la monarquía de los Habsburgo presentó un
semblante exterior de sólida permanencia. Recordando su infancia en la Viena
anterior a la guerra, Stefan Zweig escribió que para sus padres la ciudad había
sido «como una casa de piedra». «Hoy, cuando la gran tempestad la ha destrozado hace tiempo, por fin sabemos que ese mundo de seguridad no era más
que un castillo de sueños.»7

El imperio más débil y menos modernizado de los cuatro era el de los turcos otomanos, cuyos territorios europeos habían alcanzado el cenit en 1683 y,
a partir de ese momento, habían ido reduciéndose a un ritmo constante a
causa de los movimientos nacionalistas, que a menudo contaron con el apoyo
de otras potencias europeas: el de los británicos en el caso de Grecia; el de los
rusos en los casos de Rumania y Bulgaria. El nacionalismo se vio acentuado
por las diferencias religiosas: la mayoría de los súbditos europeos del sultán
musulmán eran cristianos; incluso en la capital, Constantinopla, los musulmanes constituían una minoría de la población. Después de la Guerra Ruso-Turca
de 1877-1878, el Congreso de Berlín limitó las conquistas de Rusia. Aun así, en
1881 la zona de Europa bajo control directo de Constantinopla quedó reducida a Macedonia y Tracia. En 1908, una revolución contra la autocracia del sultán Abdülhamid II estableció un régimen constitucional. Los vecinos cristianos del imperio aprovecharon el posterior período de agitación para arrebatar otra parte de lo que quedaba del poder otomano en Europa. Bulgaria, estado tributario autónomo del sultán desde 1878, declaró su independencia total
en octubre de 1908. Italia derrotó a los turcos en una guerra en 1911-1912 al
tiempo que ocupaba Libia y las islas del Dodecaneso. Grecia, gobernada por
el cretense Eleuterios Venizelos (lámina 15) desde 1910, consiguió en 1912
incorporar Creta, que desde 1898 había sido autónoma bajo el protectorado
nominal otomano.

En 1912, Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro, con el apoyo de Rusia y
aprovechando que los otomanos tenían la atención puesta en los italianos, se
unieron para formar la Liga Balcánica, destinada a emprender un ataque frontal contra la presencia turca en Europa, y empujaron al ejército otomano casi

 

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hasta la propia Constantinopla. De resultas de esta Primera Guerra Balcánica,
la presencia turca en Europa se vio reducida a casi nada, y Albania, ante la
insistencia de las potencias, obtuvo la independencia. La derrota militar condujo a un golpe de estado en Constantinopla, y el poder se repartió entre tres
generales, Enver, Cemal y Talât. El triunvirato, que gobernó Turquía hasta
1918, no sólo se vio amenazado por una posible agresión exterior, sino también por la disidencia interior, sobre todo de la numerosa población armenia
cristiana, que había sido víctima de las matanzas turcas, la última en 1909, y
que contaba con Rusia para protegerla y liberarla. Tradicionalmente, Rusia
había explotado la causa de los cristianos en el imperio otomano por su ambición de controlar Constantinopla y los estrechos, control que le daría acceso
naval al Mediterráneo. Durante gran parte del siglo xix, los otomanos habían
recibido el apoyo británico para oponerse a las intenciones rusas. Pero a partir de la década de 1890, Gran Bretaña, firmemente instalada como gobernante real del Egipto nominalmente otomano, abandonó el compromiso tradicional de preservar la integridad territorial otomana. Por lo tanto, los dirigentes
turcos, como los de los otros tres imperios, tenían sobradas razones para sentirse acosados por el enemigo desde todos los lados.

Tanto el imperio ruso, como el de los Habsburgo y el otomano pertenecían
a la región relativamente menos desarrollada de Europa. En cambio, Alemania,
el cuarto imperio y el más joven, presentó el espectáculo más impresionante
de dinamismo social y económico en el continente durante el período de
1871 a 1914. Con sesenta y cinco millones de habitantes, era el país más poblado de Europa después de Rusia. Berlín, con más dos millones de habitantes,
crecía rápidamente y parecía haberse propuesto superar a Viena y convertirse en la tercera ciudad del continente. En el transcurso de las dos generaciones anteriores, Alemania se había catapultado hasta ponerse a la vanguardia
de las naciones industrializadas. Al mismo tiempo ofrecía un extraño contraste, aunando una compleja modernización y un conservadurismo reaccionario. El Reichstag (cámara baja del Parlamento) se elegía por sufragio universal masculino, pero la autoridad parlamentaria era limitada, los gobiernos no
debían rendirle cuentas, y los Länder (estados) del imperio conservaban bastante poder. El imprevisible káiser Guillermo II poseía una considerable autoridad, ejercida con una irresponsabilidad arrogante. Los grupos de intereses
que representaban a los grandes terratenientes del este, la industria pesada de
la cuenca del Ruhr y los sectores comerciales y financieros siempre estaban
intrigando para ponerse en situación de ventaja. Alemania gozaba de uno de
los programas de bienestar social más progresistas de Europa; su educación
en ingeniería, ciencias y cultura humanística era considerada la mejor del
mundo. Pero, como dijo Ralf Dahrendorf, «en Alemania ni siquiera la industrialización consiguió alterar una visión tradicional donde el todo se sitúa por
encima de las partes, el estado por encima del ciudadano, o un orden rígidamente controlado por encima de la animada diversidad del mercado, el estado por encima de la sociedad». El marco político de la Alemania imperial era
una precaria mezcla de autoritarismo, burocracia y parlamentarismo. En
lugar de reforzar el principio liberal, sostiene Dahrendorf, la industrialización
en Alemania lo engulló.8

 

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En torno a los límites de los imperios se agrupaba una serie de pequeñas
naciones-estado, más homogéneas. España, Portugal, Francia, Gran Bretaña y
los Países Bajos eran todos entidades políticas antiguas que habían fundado
grandes imperios en ultramar. Otras eran creaciones de los cien años anteriores, o bien escisiones de imperios, como Rumania, Bulgaria, Grecia y Serbia,

o de estados vecinos, como Bélgica, que se había separado de los Países Bajos
en 1830, y Noruega, que se había escindido de Suecia en 1905. Varios de estos
estados tuvieron conflictos con los imperios a causa de las fronteras: Italia
codiciaba la «Italia irredenta»: Trento, Istria y Dalmacia. Serbia soñaba con
convertirse en el Piamonte de los Balcanes y crear un estado eslavo unificado
en el sur (igual que el Piamonte y Cerdeña habían sido la semilla de una Italia
unificada a mediados del siglo xix). Francia seguía molesta por la anexión
alemana de Alsacia y Lorena después de la Guerra Franco-Prusiana de 1871.
De todos estos países, sólo dos, Gran Bretaña y Francia, podían considerarse
grandes potencias.
La posición de Gran Bretaña, derivada esencialmente de su primacía
económica y su papel imperial, era un caso único en el sentido de que dependía más del poder naval que del militar. Su pequeño ejército regular, aunque
muy eficaz, no podía compararse con los grandes ejércitos de reclutas de las
potencias continentales. Su imperio de ultramar le dio un prestigio inmenso,
aunque la humillación militar infligida por los bóers en Sudáfrica en la guerra de 1899-1902 había hecho mella en su creciente espíritu imperialista y dio
pie al temor entre algunos miembros de la élite de que Gran Bretaña había
contraído peligrosamente demasiadas responsabilidades imperiales. En 1907
el subsecretario permanente (el funcionario de más alto rango) del Foreign
Office, sir Thomas Sanderson, escribió que «para un extranjero que lee nuestra prensa, el imperio británico debe parecer un enorme gigante que se
extiende por todo el globo, con los dedos de manos y pies gotosos estirados
en todas direcciones, y al que es imposible acercarse sin provocar un grito».9
En 1914, Gran Bretaña estaba desvinculada de Europa, tanto social y económicamente como por su temperamento. Era de lejos la nación del mundo que
más invertía en el extranjero, pero sólo el 6 % del movimiento de capital acababa en Europa. Sus inversiones iban dirigidas sobre todo a las Américas,
India, Australasia, Sudáfrica y China. Sus principales lazos comerciales tampoco eran con Europa, aunque en la década anterior a 1914 empezó a tener
cada vez más trato comercial con Alemania. A diferencia de las demás potencias europeas, Gran Bretaña aún podía permitirse practicar el libre comercio,
a pesar de las opiniones de algunos hombres de negocios y personalidades
influyentes del Partido Conservador en la oposición, cada vez más partidarios
de los aranceles.

Pese al aparente esnobismo y el boato que siguió caracterizando su vida
social, en 1914 Gran Bretaña era la más burguesa de las grandes potencias. A
diferencia de Francia, donde el campesino minifundista seguía siendo la fuerza política más influyente, y a diferencia de Alemania, donde los valores de las
antiguas castas aristocráticas y militares vivían en una simbiosis precaria e inverosímil con los miembros de la creciente clase media, en 1914 la política y la
sociedad británicas estaban imbuidas de un espíritu burgués. El gobierno libe

 

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ral, en el poder desde 1905, representaba los valores de la clase media ilustrada por su devoción al libre comercio, su cauto reformismo social, su renuencia
al gasto en armamento y sus esfuerzos por equilibrar los intereses enfrentados
de los trabajadores y el capital, los católicos y los protestantes irlandeses, los
partidarios y los opositores del sufragio femenino, el imperio y el libre comercio. Bajo el liderazgo cómodamente benévolo de H. H. Asquith, acosado por
el populista radical galés David Lloyd George, el Partido Liberal parecía el partido natural para gobernar el país. De hecho, tanto el gobierno como la estructura social en delicado equilibrio de la que era una expresión aparentemente
perfecta estaban al borde de la extinción.

No obstante, el centro de la civilización europea en 1914 era sin lugar a
dudas Francia. La Alemania nueva rica no podía aspirar a ese papel y Gran
Bretaña, semidesvinculada, no lo deseaba. Los europeos cultos consideraban
París la preeminente capital cultural de Europa, su principal fuente de vitalidad artística, la cuna de la modernidad estética y la ciudad en la que un intelectual de cualquier nacionalidad podía sentirse en casa, incluso más, quizá,
que un provinciano francés recién llegado. El año anterior, esta «estación central de Europa», como la llamó el pintor Jacques-Émile Blanche, había presenciado el escandaloso estreno de Sacre du printemps de Stravinski, una colaboración del compositor con el empresario teatral y director Diaghilev y el bailarín
Nijinski (algunos la llamaron «massacre du printemps»).10 La política de «la république des camarades», con su corrupción, escándalos económicos y faccionalismo, no ofrecía una imagen muy atractiva del republicanismo parlamentario.
En julio de 1914 se alcanzó un clímax trágico e insólito: madame Caillaux, la
esposa del antiguo primer ministro, fue juzgada por el asesinato del director
de un periódico que había atacado a su marido (fue absuelta), y Jean Jaurès,
el líder socialista, erudito y orador, fue asesinado. Sin embargo, Francia seguía
representando cierto tipo de ideal para todos aquellos europeos que cultivaban los principios de 1789. Hacía tiempo que había sido desbancada por
Alemania según la mayoría de los indicadores demográficos, económicos y
educativos. La república seguía profundamente dividida por los conflictos
sociales, las huelgas y la eterna lucha entre la Iglesia y el estado. Por otra parte,
Francia poseía un imperio de ultramar e inversiones en el extranjero sólo superados por Gran Bretaña, y era la única de las seis grandes potencias europeas
sin una «cuestión nacional» dentro de sus fronteras.

Así pues, Europa se hallaba dividida políticamente en dos sistemas de
estado: los imperios moribundos (aunque pocos eran conscientes de lo cerca
que estaba su defunción) y las naciones-estado en alza (algunas de las cuales
también poseían imperios de ultramar). Pero la estructura de los alineamientos diplomáticos europeos no reflejaba estas divisiones políticas. Los contornos
aproximados de las coaliciones que entablarían una lucha a vida o muerte en
1914 y después, ya se adivinaban dos décadas antes. Las dos alianzas opuestas
en Europa eran, por un lado, la de Austria-Hungría y Alemania y, por el otro,
la de Francia y Rusia. La alianza de Berlín con Viena había sido obra de
Bismarck en 1879, y todos los cancilleres alemanes posteriores la consideraron
fundamental. En 1882 se amplió con la adhesión de Italia para formar la Triple
Alianza, aunque la participación italiana en una guerra del lado de Austria no

 

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podía darse por sentada. La alianza de Francia con Rusia, fraguada entre 1891
y 1894, señaló un punto crucial. Bismarck había procurado impedir un alineamiento tan peligroso de los vecinos al este y oeste de Alemania por mediación
de un «Tratado de Reaseguro» firmado con Rusia en 1887. Sus sucesores, en
cambio, permitieron que el tratado quedara fuera de vigor. La Entente anglofrancesa de 1904 y la Entente anglo-rusa de 1907, que en principio pretendían
la resolución de las diferencias coloniales en el norte de África y Persia, llevaron a muchos a ver a estas tres potencias como un bloque, aunque Gran
Bretaña nunca consideró las ententes como alianzas en ningún sentido.

Rusia y Austria-Hungría tenían muchas más afinidades entre sí que con
sus aliados. Ambos eran imperios multinacionales y demasiado extensos y en
los dos existían focos de modernidad y vastas zonas de atraso. Igualmente,
Gran Bretaña y Alemania, las dos economías y sociedades más avanzadas entre
las principales potencias europeas, eran consideradas aliados naturales por
algunos. Pero quedaron en nada los esfuerzos que a principios de siglo realizaron el estadista británico Joseph Chamberlain y otros para concretar este alineamiento. La única alianza formal de Gran Bretaña con una potencia en esos
años fue la de 1902, forjada con Japón y concebida para permitir a Gran
Bretaña reducir su presencia naval en las aguas de Extremo Oriente. Los mandatarios de Rusia y Francia detestaban recíprocamente sus sistemas políticos y,
aparte de grandes préstamos e inversiones de los franceses en Rusia, compartían pocos intereses positivos: a los franceses no les entusiasmaba inmiscuirse
en la antigua rivalidad austro-rusa en los Balcanes; a los rusos no les interesaba participar en una guerra para devolver Alsacia Lorena a Francia. Tampoco
mostraron muchas intenciones de apoyar a Francia contra Alemania en una
crisis surgida a causa de Marruecos en 1911. Aun así, Francia y Rusia, con el
tiempo, se vieron unidas por un común temor a Alemania.

Economía y demografía

En 1914, Europa se hallaba dividida económica y socialmente entre el
noroeste y el resto del continente. Gran parte de Inglaterra, el sur de Gales,
el centro de Escocia, Bélgica y el noreste de Francia, así como ciertas zonas de
los Países Bajos, Alemania (sobre todo la cuenca del Ruhr y Silesia), Bohemia,
Suiza y el norte de Italia formaban una región de avanzado desarrollo industrial. Casi todo el resto de Europa consistía en amplias extensiones de agrarianismo primitivo, salpicadas de pequeños focos industriales, más dedicados a la
extracción que a la manufactura. Las sorprendentes variaciones en la distribución de la fuerza laboral en Europa ilustran claramente la división. En Gran
Bretaña, en 1914, no más del 13 por ciento de la población activa se dedicaba
a la agricultura, la silvicultura y la pesca. Esta cifra contrasta con la de los
demás países de Europa. El equivalente en Bélgica era el 23 por ciento, en
los Países Bajos el 29 por ciento y en Alemania el 35 por ciento. En todos los
otros países, al menos el 40 por ciento de la población trabajadora se dedicaba a estas actividades. En el resto de los países del sur y el este de Europa, más
de la mitad de la población económicamente activa todavía trabajaba la tierra.

 

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Gran Bretaña seguía siendo la mayor potencia económica en 1914, aunque su posición relativa se había erosionado gradualmente desde los años
1870. Todos sus principales competidores, sobre todo Alemania y Estados
Unidos, crecieron más rápidamente entre 1900 y 1914. La producción industrial en Alemania aumentó casi dos tercios en este período frente a sólo un
cuarto en Gran Bretaña. En 1900, Alemania ya había superado a Gran Bretaña
en la manufactura de acero y en 1914 estaba produciendo casi el triple de energía eléctrica. Sin embargo, aunque el dominio económico de Gran Bretaña
empezaba a declinar, no había desaparecido. En 1914 todavía aventajaba a
Alemania en volumen de exportaciones de bienes manufacturados y en productividad industrial. Ese año tenía más husos de algodón en activo que todo
el resto de Europa. Su participación en el comercio internacional se había
reducido del 20 por ciento en 1876-1880 al 14 por ciento en 1911-1913, pero
seguía siendo el principal comerciante. Su flota mercante era la mayor del
mundo y representaba la mitad de los barcos de vapor y a motor. Desde el punto
de vista del valor, en los años inmediatamente anteriores a 1914 los buques británicos transportaron algo más de la mitad del comercio marítimo mundial.
En 1913, los astilleros británicos botaron el doble de barcos que el resto del
mundo. Gran Bretaña tenía más vehículos en sus carreteras que Alemania,
Francia e Italia. Sus inversiones totales en el extranjero, entre 2.500 y 4.000
millones de libras esterlinas, eran superiores a las de Alemania, Francia y
Estados Unidos juntos. En Gran Bretaña, las sociedades por acciones y de responsabilidad limitada eran el medio característico por el cual las empresas
reunían el capital. Gran Bretaña contaba aproximadamente con unas cincuenta mil sociedades de este tipo en 1910, mientras que Alemania tenía sólo
cinco mil. Los bancos británicos desempeñaban un papel menos determinante en la economía nacional que los bancos alemanes, franceses, belgas y suizos,
que dominaban la industrialización de sus países, siendo la principal entidad
bancaria en todos estos casos más grande que la mayor empresa industrial del
correspondiente país. Sin embargo, la City londinense era todavía la capital
financiera de Europa. Las finanzas británicas dominaban la economía internacional y la libra esterlina respaldada con oro seguía siendo la divisa de reserva
en el mundo.

En comparación con el resto del siglo, el rasgo más notable de la economía industrial europea antes de 1914 era el precio estable y bajo del dinero, la
mano de obra y los bienes. Las divisas con respaldo en oro mantenían sus valores internos y externos. La inflación no existía o era mínima. El reabastecimiento constante de trabajadores industriales por medio de la inmigración
procedente del campo aseguraba unos costes reducidos de la mano de obra. El
carbón proporcionaba abundante energía de bajo coste. El capital también era
barato: el tipo de interés en Londres en el verano de 1914 era del 3 %; en
Viena era del 4 %.

En muchos países el gasto público había aumentado en los últimos años
debido a la legislación social y la carrera armamentística. En Rusia, los gastos
en defensa de 1913-1914 alcanzaron el 5 % de la renta nacional, una tercera
parte del gasto público total, pero en la mayoría de los demás países el porcentaje era muy inferior. Como proporción del producto nacional, el gasto

 

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Otros

Rusia
20 %
Alemania
19 %
Reino Unido
Francia
11 %
Austria-Hungría
10 %
Italia
6 %
España
3 %
14 %
17 %

Fig. 1. PNB de determinados países como proporción del producto europeo total, 1913.
Fuente: Paul Bairoch, «Europe's Gross National Product, 1800-1975», Journal of European Economic
History, 5:2 (1976), 282.

público antes de 1914 era bajo en comparación con el resto del siglo. Las
cifras oscilaban entre el 3 % de Alemania -aunque los estados constituyentes
del imperio cargaban con una gran parte del peso- y el 13 % de Francia,
encontrándose Dinamarca, Suecia y los Países Bajos cerca del extremo inferior y España e Italia cerca del superior. En Gran Bretaña, el estado gastó
cerca del 7 % del PNB.

Por consiguiente, el peso tributario no era oneroso y se recaudaba
sobre todo de manera indirecta. En Austria, en 1913, sólo el 20 % de los
ingresos públicos procedían de la tributación directa. En Alemania, el
gobierno central no podía imponer un impuesto sobre la renta porque eso
era prerrogativa de los estados (en 1913 se introdujo una forma limitada de
gravamen sobre el capital para financiar reformas en el ejército). En Rusia
no existía el impuesto sobre la renta. En Francia no se impuso hasta julio de
1914, cuando se adoptó con una tasa del 2 %, aunque no empezó a recaudarse hasta 1916. En 1913-1914, la tasa del impuesto sobre la renta en Gran
Bretaña era del 5,8 % y sólo se gravaba al millón de habitantes cuyos ingresos anuales superaban las 160 libras esterlinas, excluyéndose así por completo a la clase obrera.

Un importante acelerador del crecimiento económico fue la gradual agilización de las comunicaciones. Los sistemas más extendidos para los largos
recorridos seguían siendo el barco y el ferrocarril; el tráfico motorizado era
relativamente escaso y el transporte aéreo estaba en pañales. Los viajes en

 

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ferrocarril a menudo eran lentos incluso en las líneas principales. En 1914, el
expreso nocturno de Viena a Trieste (una distancia en tren de 590 kilómetros)
salía a las 21:30 y llegaba a las 9:15 de la mañana. En 1910, el viaje de París a
Berlín (1.007 kilómetros en tren) duraba unas 18 horas, y de Berlín a San
Petersburgo (1.640 kilómetros), 28 horas. Todos los países importantes disponían de considerables redes de ferrocarril. Rusia contaba con 62.300 kilómetros de vía, Alemania con 61.749, Francia con 37.400, el Reino Unido con

32.623 e Italia con 19.125. Pero estas cifras deben medirse con relación al
tamaño de cada país; según este criterio, Alemania y Gran Bretaña se hallan en
el extremo superior de una tabla comparativa y Rusia e Italia en el inferior. Las
cifras del tráfico de mercancías proporcionan una base más esclarecedora para
la comparación. En 1913, los ferrocarriles rusos transportaron un total de 132
millones de toneladas métricas de mercancías; los británicos transportaron
571 millones, y los alemanes, 676 millones. En cuanto al tráfico de pasajeros, en
1913 en Alemania se realizaron 1.798 millones de viajes, en Gran Bretaña 1.199
millones, en Francia 529 millones, en Rusia 185 millones y en Italia sólo 99 millones. Los modelos de propiedad de las compañías de ferrocarril diferían enormemente. En la mayoría de los países, el estado era propietario de parte del
sistema: en Alemania más del 90 por ciento y en Italia más del 80 por ciento
de las vías eran propiedad estatal; en Dinamarca, Bélgica, los Países Bajos y
Suiza, la participación privada y pública era prácticamente equiparable; en
Francia, el estado era propietario de menos del 20 por ciento. En Rusia, aunque los inversores extranjeros habían desempeñado un importante papel en la
construcción de las vías, en 1914 el estado era dueño de gran parte del sistema. Sólo en Gran Bretaña, España, Grecia y el territorio turco en Europa, las
compañías de ferrocarril estaban por completo en manos privadas.
Las carreteras empezaban a adaptarse a las exigencias del tráfico automovilístico. En las grandes ciudades, muchas calles estaban adoquinadas. Las
carreteras interurbanas sólo tenían un carril en cada sentido y a menudo los
carros tirados por caballos entorpecían el tráfico. En 1914 había 132.000 automóviles privados en uso en Gran Bretaña; Francia tenía 108.000 y Alemania
sólo 61.000. A falta de medios de transporte particulares, salvo por la popular
bicicleta, la mayoría de las ciudades contaban con complejos sistemas de transporte público, sobre todo en forma de trenes y tranvías. El metro sólo existía
en seis ciudades: Londres, Glasgow, París, Berlín, Hamburgo y Budapest (a
menos que se cuente el Tünel de Estambul, un pequeño funicular entre Galata
y Beyog.lu, inaugurado en 1875). En 1914, la electricidad ya había desplazado
al vapor, el caballo y otras formas de tracción en la mayoría de los tranvías británicos. Pero de los 762 pueblos grandes y ciudades de la Rusia europea, en
1909 sólo una tercera parte tenía tranvías eléctricos y sólo otros doce contaban
con tranvías de un tipo u otro. En Varsovia, una de las ciudades más modernas
del imperio ruso, los tranvías todavía iban tirados por caballos en 1914.

El uso del teléfono estaba muy extendido entre las instituciones gubernamentales y las empresas, pero incluso en los países más adelantados había
llegado sólo a un pequeño número de viviendas. Alemania llevó la delantera
con 1.420.000 aparatos en 1914. Entre las capitales europeas, Berlín contaba con el mayor número de teléfonos en proporción al número de habitantes

 

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-6,6 por cada cien personas-, pero ni siquiera allí había teléfono más que
en una pequeña parte de las viviendas. Gran Bretaña disponía de apenas la
mitad, 780.512, y Francia ocupaba un triste tercer lugar con 330.000. En este
como en otros ámbitos, Rusia se hallaba muy a la zaga, aunque progresaba
rápidamente. En 1907 había 36.000 teléfonos en toda Rusia. En 1910, sólo 137
grandes poblaciones de la Rusia europea disponían de servicio telefónico.
Pero en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, el
sistema telefónico ruso se expandió rápidamente: en 1914 el número de teléfonos en la Rusia europea era de 320.000. En 1914, Moscú contaba con un
número de teléfonos en proporción a la población (3,1 por cada cien habitantes) mayor que Manchester (2,5 por cada cien habitantes). El servicio telefónico internacional estaba poco desarrollado, y los mensajes urgentes, tanto
dentro del propio país como al extranjero, se enviaban en general por telegrama. En 1913 los rusos mandaron el mayor número de telegramas (97,6
millones), seguidos por Gran Bretaña (87,1 millones), Francia (65,5 millones) y Alemania (60,9 millones). Es probable que la elevada cifra rusa refleje
las deficiencias relativas de la red telefónica.

La estructura económica básica de Europa se reflejaba, con pocas excepciones, en las pautas demográficas. En el período entre 1900 y 1914, el crecimiento demográfico fue más rápido que en cualquier otro período de la historia moderna europea. En 1914, el continente tenía una población de 450
millones de habitantes, una cifra sin precedentes. El crecimiento era especialmente rápido en el este de Europa, un poco menos en el noroeste de Europa
y especialmente lento en Francia y España. La mortalidad infantil en la mayoría de los países seguía siendo alta: en Rusia y Rumania 200 de cada mil niños
morían en el primer año de vida; en la mayoría de los demás países, Gran
Bretaña y Alemania inclusive, el índice estaba por encima del 100 por mil.
Únicamente en Escandinavia, los Países Bajos, y Suiza era inferior a 100. La
esperanza de vida al nacer se situaba entre los cuarenta y cincuenta años en
la mayoría de los países europeos. Pero como en gran parte de Europa casi la
mitad de las muertes tenían lugar antes de los cinco años, las expectativas de
vida de quienes sobrevivían a la infancia eran bastante favorables: la mayoría
podía esperar vivir algo más de sesenta años.

Aunque desde la Segunda Guerra Mundial los demógrafos históricos han
tendido a considerar el descenso de los índices de crecimiento demográfico un
rasgo de las sociedades más desarrolladas, los contemporáneos relacionaban la
población con el poder y temían que una baja fertilidad disminuyera la fuerza
nacional, desde un punto de vista tanto económico como militar. Los franceses en particular extrajeron pesimistas conjeturas al respecto al contemplar, en
los primeros años del siglo, la brecha cada vez mayor entre los recursos humanos de que disponían ellos y los alemanes. En el siglo xviii, Francia había sido
el país más poblado de Europa; desde entonces la habían superado Rusia,
Alemania, Austria-Hungría y Gran Bretaña. Este rápido crecimiento demográfico en el resto del continente se produjo pese a la disminución de la tasa de
natalidad y a la gran emigración. La principal razón fue el rápido descenso del
índice de mortalidad.

 

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Muertes por cada 1000 niños nacidos vivos

250
200
150
100
50
0

Rusia Rumania Alemania Inglaterra Suiza
y Gales
Fig. 2. Índices de mortalidad infantil en 1913.
Fuente: B. R. Mitchell, European Historical Statistics 1750-1975 (Nueva York, 1980).


A pesar de este rápido aumento de la población hasta 1914, ya se había
dado el indicio fundamental de una transición demográfica inminente, aunque en su día se percibió sólo vagamente. Se trata del descenso de las tasas de
fertilidad que, en especial al combinarse con los efectos de un elevado índice
de mortalidad en la Primera Guerra Mundial, redujo en muchos países el crecimiento demográfico en el período de entreguerras a poco más del nivel de
reemplazo. La caída de la fertilidad ya se había reflejado antes de 1914 al
reducirse las cifras absolutas de nacimientos, sobre todo en las sociedades más
ricas. En Inglaterra y Gales, donde las tasas de fertilidad habían disminuido
más de una cuarta parte desde la década de 1870, el número de nacimientos
con vida pasó de 945.000 en 1904 (un nivel absoluto nunca superado antes o
después) a 882.000 en 1913. Austria, Bélgica, Alemania y Suecia también
sufrieron un descenso.

Las causas del declive de la fertilidad son difíciles de precisar, pero destaca una en particular: las poblaciones urbanas empezaban a recurrir al control de la natalidad. Ya se practicaban el coitus interruptus, el aborto y diversos
métodos rudimentarios de anticoncepción, pero en los primeros años del
siglo el preservativo empezó a estar disponible en Europa Occidental. Sin
embargo, el control artificial de la natalidad se restringió en gran medida a la
burguesía. Los moralistas expresaron su preocupación ante la perspectiva de
que se propagara entre las clases más bajas: «Empezamos a sufrir -escribió
un reformador social inglés en 1907- esa desenfrenada orgía de individualismo en la que se sumió el siglo xix con el temerario abandono de la locura
desesperada e insensata».11

 

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Si el crecimiento demográfico en general puede considerarse un rudimentario indicador de optimismo, el declive de la fertilidad está abierto a
diversas interpretaciones y debería alertarnos de los peligros de definir el
Zeitgeist sólo en referencia a las opiniones expresadas por escritores y cronistas.
Lo mismo es aplicable a otros destacados fenómenos demográficos del período, como la emigración de Europa a otros continentes, que en este período
alcanzó el nivel más alto de la historia. Más de un millón de europeos al año,
por término medio, pusieron de manifiesto su insatisfacción con las condiciones en sus países de origen abandonando Europa entre los años 1900 y 1914.
Las regiones agrícolas pobres, en especial Ucrania, el sur de Italia, Irlanda y la
Galitzia austríaca, tendieron a aportar la proporción más elevada de emigrantes. La mayoría partió desde Italia (sobre todo a las Américas), Gran Bretaña
(sobre todo a Estados Unidos, Canadá, Australia y Sudáfrica), Austria-Hungría
(a Estados Unidos), España (a América Latina) y Rusia (a Estados Unidos en
abrumadora mayoría). Más de cinco millones de personas abandonaron Italia
entre 1900 y 1914. Algunos países más pequeños también tenían altas tasas de
emigración, como Portugal (principalmente a Brasil) y Suecia (a Estados
Unidos). La emigración francesa fue en su gran mayoría a los territorios franceses en el norte de África. De los países más importantes, Alemania tuvo el
índice de emigración más bajo del período: en 1913, sólo emigraron 26.000
personas, menos que la de países pequeños como Grecia, Bélgica o Suecia.
Tendía a emigrar un mayor número de hombres que de mujeres: muchos eran
jóvenes solteros; otros, maridos que esperaban establecerse en tierras nuevas y
llevar después a sus esposas y familias. Sin embargo, salvo en Irlanda, la emigración no causó una pérdida global de población.

Al mismo tiempo que se producía la emigración a ultramar, los movimientos en el interior de Europa trasladaron a un gran número de personas
del campo a la ciudad. La rápida expansión económica de Alemania desde la
fundación del imperio en 1871 había conducido a un importante cambio en
la población. Por entonces dos tercios de la población era rural; en 1914 casi
dos tercios era urbana. Alemania llevó a cabo una vigorosa política de colonización interna, dando incentivos a los alemanes para establecerse en el propio
país, sobre todo en Prusia Oriental y la Polonia prusiana, donde los alemanes temían que la población eslava los superara en número; pero el movimiento de la población hacia la ciudad continuó de manera inexorable, un
síntoma de la crisis a la que se enfrentaba el mayor grupo social del continente: el campesinado.

La vida rural

Pese al crecimiento explosivo de las ciudades, la mayoría de la sociedad
seguía siendo rural, condición que venía definida por el tamaño de la localidad de residencia (en general 2.000 habitantes o menos), la función económica (sobre todo agricultura, silvicultura y pesca) y unas pautas culturales tradicionales.12 Si bien Gran Bretaña y Bélgica tenían grandes mayorías urbanas, y
también Alemania aunque un tanto menor, en casi todos los demás países el

 

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grueso de la población vivía en pequeñas localidades rurales. Esto se daba
especialmente en el sur y el este de Europa y en la Rusia europea, donde más
de cuatro quintas partes de la población era rural.

Por consiguiente, en 1914 el campesino era el tipo social europeo representativo, y el pueblo, el entorno social básico. La vida rural había cambiado
enormemente en casi toda Europa a lo largo del siglo anterior. La mejora en
las comunicaciones había acercado los núcleos urbanos y el campo. Pero la
vida en los pueblos seguía siendo primitiva en comparación con las condiciones de incluso los habitantes más pobres de la ciudad. Muy pocos pueblos contaban con calles asfaltadas, electricidad o agua corriente.

La ropa era sencilla, a menudo miserable y sucia. Los vistosos trajes «tradicionales» que relacionamos con la vida campesina de la Europa Centro-Oriental sólo eran empleados en ocasiones especiales; en algunos casos, eran fruto
de un renacimiento nacionalista, en otros puras invenciones. En las zonas rurales más prósperas de Gran Bretaña, Francia y Alemania, hacia 1914, las prendas de confección empezaban a ser accesibles, la ropa interior era cada vez más
popular y, para dormir, se extendía ya el uso del camisón en lugar de acostarse con la ropa empleada durante el día. En otras partes, la ropa solía hacerse
en casa, con telas hiladas y cosidas por mujeres o tejidas por hombres. La mayoría de los campesinos varones vestían blusones o camisas sueltas sin teñir y pantalones holgados. Las prendas gastadas se remendaban en lugar de sustituirlas.
Los niños heredaban la ropa. No solía lavarse la ropa, como tampoco se lavaban las personas. Según se calcula, «en 1914, la colada de la familia se realizaba quizá dos o cuatro veces al año en zonas relativamente desarrolladas como
Mayenne, e incluso sólo una vez al año en Morbihan».13 Los hombres de mejor
posición económica podían tener un traje de domingo que debía durarles
toda su vida adulta. Los campesinos más pobres vestían con harapos y algunos
no tenían ni zapatos. Unas buenas botas de trabajo eran caras y muchos debían
conformarse con zuecos de madera. Incluso los que podían permitirse zapatos
rara vez se los ponían para las actividades cotidianas, reservándolos para la iglesia: cargaban con ellos hasta la puerta para que no se ensuciaran de barro y
polvo ni se desgastaran. Las mujeres y los niños campesinos de Polonia, por
ejemplo, sólo se calzaban en invierno o cuando iban al mercado.

Las viviendas en zonas rurales seguían siendo rudimentarias. Los campesinos pobres, los aparceros y los jornaleros sin tierras vivían en chozas de barro

o cabañas de madera con el suelo de tierra. Fuera de Europa Occidental, sólo
las casas de construcción más reciente contaban con cristales en las ventanas.
En la Polonia rusa, la típica choza de campesinos era de maderos entrecruzados en escuadra como en las cabañas de troncos estadounidenses. Se rellenaban los intersticios entre los maderos con musgo. En las zonas orientales más
pobres, como Bielorrusia (la Rusia blanca), muchas cabañas carecían de chimenea. En Rumania, en 1912, aún quedaban 32.367 bordeie tradicionales, casas
medio enterradas, de techo bajo, una sola habitación y sin ventanas. Era
común que los campesinos compartieran la vivienda con los animales de granja. Pocos niños tenían su propia cama. Estas condiciones eran habituales en el
este y el sureste de Europa, pero también se daban en otros lugares: en el sur
de Italia, por ejemplo, y en las zonas celtas más alejadas de Gran Bretaña. En

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las islas occidentales de Escocia, la típica «casa negra» del campesino era de
piedra sin labrar y sin cemento. En las islas barridas por el viento, debido a la
falta de madera pocas viviendas disponían de ventanas. Solían tener tres habitaciones. La sala de estar se hallaba separada del bathach (establo) por un tabique que no llegaba hasta el tejado de paja; no había cielo raso. Sólo el dormitorio tenía el suelo de madera. El suelo del establo estaba cubierto de estiércol, almacenado allí para que la lluvia no diluyera sus propiedades nutritivas.
No tenían chimenea y el humo del fuego de turba perpetuamente encendido
se mezclaba con los demás olores animales y vegetales y oscurecía las paredes
y las vigas hasta encontrar una salida por la puerta o un agujero en el techo.

La dieta del campesino era monótona pero en general saludable, salvo
por el hecho de que las precauciones higiénicas eran mínimas. Casi todos los
alimentos se elaboraban en casa. En Francia, en 1914, se había abandonado la
elaboración casera del pan, que solía comprarse en las panaderías, pero en los
demás países del continente por lo común aún se hacía en casa. En el este de
Europa, los campesinos apenas comían carne. El cerdo y el cordero se reservaban para los días de fiesta o las ocasiones especiales. Por lo demás, la única
carne consumida era el beicon ahumado, los embutidos o las salchichas. En la
Rusia ortodoxa y Rumania, la carne y los productos lácteos estaban prohibidos
los miércoles y los viernes, así como durante los cuatro periodos anuales de
ayuno de varias semanas de duración. El pan negro, a menudo basto y poco
apetitoso, era el alimento básico en Rusia, complementado con patatas, nabos
y col. Se empleaba la leche de oveja o de cabra para elaborar queso. La mejor
fruta y los mejores huevos solían enviarse al mercado; los campesinos se quedaban con las manzanas magulladas y los huevos rotos. Se calcula que en la
zona montañosa de Brescia, en el norte de Italia, un varón adulto, por término medio, consumía dos kilos de gachas de harina de maíz al día. Los campesinos sicilianos se alimentaban básicamente de pan, macarrones y verduras. En
Grecia, la dieta rural consistía principalmente en pan, aceitunas, queso y ajo;
salvo por los pastores valacos de los montes Pindo, no se comía mucha carne.
En Transilvania, el granjero alemán relativamente próspero tenía una sustanciosa dieta de cerdo asado, salchichas, carnes ahumadas, queso, sauerkraut y
fruta; su vecino rumano, más pobre, no comía gran cosa, salvo harina de maíz
cocida en leche y cebolla.

En algunas zonas estaban extendidas las enfermedades debidas a la desnutrición y la suciedad: los campesinos del sur de Europa, cuya dieta a base de
maíz carecía de niacina, padecían pelagra crónica. En la mayoría de los países,
la tuberculosis empezaba a declinar gradualmente como enfermedad mortal,
pero en el sureste de Europa seguía azotando a la población campesina e incluso en Gran Bretaña mató a más de cincuenta mil personas en 1914. A menudo
en las zonas rurales la atención médica era rudimentaria. Las sangrías seguían
siendo el remedio más habitual para una amplia gama de enfermedades. Un
procedimiento típico era el del pueblo de Vannes, cerca de Orléans: llevaban
a un caballo a la parte poco profunda de un estanque y lo dejaban allí durante un cuarto de hora. Cuando salía, tenía gran número de sanguijuelas adheridas a las patas. Se las arrancaban y seleccionaban alrededor de una docena
de las más gruesas para aplicar al paciente. Se las colocaban detrás de las ore

 

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jas, donde permanecían hasta llenarse de sangre, y entonces las sustituían tantas veces como hubiera indicado el médico.14

El crecimiento demográfico, el agotamiento del terreno y las leyes testamentarias fueron un pesado lastre para el uso de la tierra, aumentando el
impulso migratorio hacia la ciudad o ultramar. Muchos campesinos emigraban
temporalmente y a veces regresaban a trabajar en la granja familiar durante las
temporadas de laboreo. Eso se daba incluso entre los emigrantes transatlánticos, sobre todo del sur de Italia. El economista italiano (y posterior primer
ministro) F. S. Nitti, que llevó a cabo una investigación sobre las condiciones
sociales de los campesinos de Calabria y Basilicata en el período de 1906-1910,
escribió: «La emigración ha perdido su carácter casi dramático. La gente va y
viene de América con la mayor facilidad».15

Los campesinos dependían enormemente de los caprichos del ciclo agrario. Cuando la suerte los premiaba con una buena cosecha, como en Rusia
inmediatamente antes de 1914, podían acumular un pequeño excedente. Pero
si fallaba la cosecha, a menudo se veían obligados a hipotecar o incluso vender
sus tierras ante la amenaza de hambruna. En Rusia y la Polonia rusa, la expansión de la banca rural, las uniones crediticias y las cooperativas en los años
anteriores a 1914 ayudaron a los campesinos a adq

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